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15/6/13

Reyes e imagen pública





La figura del nesut (rey) siempre ha causado gran impresión a todos aquellos que se acercan a la historia de Kemet. Mal llamados hoy día faraones, los reyes ostentaban el poder absoluto en el antiguo Kemet (Egipto) siendo además de gobernantes hijos de dioses y dioses mismos.

Se ha estudiado su figura, cómo llegaban al poder y los ritos que realizaban, pero poco se habla acerca de cómo los veía el pueblo, de cómo un ciudadano corriente se relacionaba con su rey y cómo le afectaba el cambio de rey.




Ha habido muchos reyes en la historia de Kemet, con duraciones de reinados diversas aunque lo normal es que una persona normal no llegase a vivir durante más de dos reinados largos. Esto significa que el rey que gobierna cuando alcanzas la mayoría de edad es el que más impresión te va a dejar a lo largo de tu vida, y si logras vivir para ver una sucesión el nuevo rey será tan impresionante como el primero. La única excepción sería la de poder vivir para ver muchos más reyes y que esa aureola de misticismo y deidad se pueda diluir un poco en tu mente como sucede en el libro La última etapa.

Hoy en día vemos a los reyes como figuras decorativas, privadas de poder real o pensamos en reyes anteriores sin hacernos una idea de lo que significaba el rey en Kemet. El rey no era solo el gobernante, sino un hijo de los dioses y un dios en sí mismo. Se le honraba como se adoraba a cualquier otro dios y no se discutía su poder o su voluntad. Esto no quiere decir que fueran déspotas o dictadores, sino que el pueblo veía su figura como la opción lógica de gobierno, pues, ¿qué pensarías tú si un dios mismo gobernase tu país?

Sin embargo las oportunidades de ver al rey en persona eran muy escasas o inexistentes. Durante toda la historia el rey se ha ubicado en la capital del país que fue cambiando dependiendo de la época. Un ciudadano de cualquier otra ciudad no tenía la posibilidad de ver al rey, ni tan siquiera de lejos, y todo lo que conocía de él era lo que se oía o se hablaba en la calle así como las noticias y mandatos que llegaban de la capital y que se administraban por gobernadores locales.

Un habitante de la capital sí que tenía alguna posibilidad de ver a su rey, ya fuese en la ceremonia de coronación o en alguna fiesta o festival religioso de los que se celebraban en la ciudad. Eran momentos únicos en los que el ciudadano podía estar más cerca de la divinidad, pues recordemos que en los templos no tenían acceso al interior del mismo donde el dios reside y solo en aquellos momentos podían ver a sus dioses.
La muerte de un rey era un suceso triste, pero muy relativizado. Pasaba a formar parte de la cohorte del resto de dioses en la otra vida y un nuevo rey tomaba su puesto para regocijo del pueblo. El rey no solo era el gobernante y el dios sino que era el que mantenía unido el país y combatía contra los extranjeros que en varias ocasiones invadieron el país.
Los momentos de mayor incertidumbre siempre han sido aquellos en los que la figura del rey se ha visto debilitada o era inexistente, bien por conflictos de sucesión o bien por invasiones extranjeras que debilitaban los órganos de gobierno internos.

Ya he hecho mención en otra entrada al placer que suponía para un trabajador formar parte del elenco de personas que trabajaban en la tumba del rey en contraposición a Hollywood y su imagen de esclavos trabajando a destajo para levantar sus colosales moradas del más allá. Construir la residencia del rey para la otra vida era algo muy especial pues al mismo tiempo que garantizabas su vida en el más allá estabas formando parte de ello y, de alguna manera, especialmente cuando la otra vida estaba vetada para la gente corriente, te ganabas un pedazo de inmortalidad.


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