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7/9/12

Porto





Recién llegado de Porto es la hora de relatar mi viaje, para que, como siempre hago en estos casos, cuando en el futuro relea esta entrada pueda recordar el viaje tal y como lo viví sin olvidar detalles que, de otra manera, se me olvidarían.

Nada mas comenzar la aventura lo primero es coger el metro al centro. Un viaje que tienes que pagar ya que la Porto Card no la puedes comprar en el aeropuerto, solamente en información del centro, pero bueno, no pasa nada. El metro de Porto me gusta mucho. Es muy moderno, va por fuera casi todo el tiempo y está muy bien estructurado, con billetes que validas en las paradas y puedes recargar sin necesidad de perder tiempo en comprar billetes cada dos por tres.

El centro me causó gran impresión nada más llegar. La zona de Aliados, frente al ayuntamiento es grande y bonita. Es una gran manera de comenzar un viaje, con una panorámica de las calles que anticipa lo que está por venir. Desde ahí, y ya con la tarjeta, mapa y demás información básica, es la hora de caminar un poco, comprar alguna cosilla para picar entre comidas y localizar el hotel para poder dejar las bolsas.
El primer día estuvo muy aprovechado. La comida, que es lo primero que hicimos tras registrarnos en el hotel, fue en un lugar típico de allí donde comimos pollos y una especie de salchicha/morcilla que estaba realmente buena. Pero el gran descubrimiento fue el postre. Ay el postre. Bolo de bolacha. Soy fan total del mismo.

Desde ahí comenzamos a explorar la ciudad y ver las cosas que habíamos establecido en Madrid antes de salir. Comenzamos por la Torre dos clérigos, una torre realmente grande, 76 metros, llena de escalones (como me gustan) donde se ve una panorámica de la ciudad que te quita el aliento, y no solo por la subida que te has pegado antes. La iglesia que hay al lado no tiene nada que reseñar, pero la torre es realmente espectacular y pasamos bastante tiempo allí arriba grabando en las retinas imágenes que no se olvidarán.

De ahí fuimos a la librería más famosa de la ciudad. Una librería antiquísima con una estructura interior que realmente te deja sin palabras. Las escaleras, con sus formas sinuosas que te llevan a la segunda planta son algo que no he visto nunca en un comercio así. Y dudo que vuelva a ver.

Quisimos aprovechar luego para coger el Tranvía y perdernos por ahí, a donde nos llevase, pero, lamentablemente, tras esperarlo un buen rato, resulta que no estaba incluido en la Porto card, y, sinceramente, para lo que nos ofrece, preferíamos ir andando hasta la zona de la Ribiera. Allí están las mejores vistas de la ciudad (a pié), al lado del rio Duero, con los puentes que unen ambas orillas, los restaurantes, la animación, etc… un lugar realmente bonito donde enamorarte de la ciudad.

El cansancio comenzaba a apoderarse de nosotros y la hora era poco a poco avanzada por lo que decidimos volver al hotel para cenar y, de paso, subir en el funicular y disfrutar de las vistas que este ofrece. Después de tanto escalón se agradecía descansar las piernas. Fue un primer día de paliza.

El segundo día nos recibe con las fuerzas renovadas y el sonido de las gaviotas que pueblan la ciudad entera. Nunca había visto tanto pájaro junto. El segundo día era el día temático. Por la mañana parques y jardines, comenzando por el jardín botánico y continuando por el palacio de cristal. Ambos son muy bonitos, más el segundo. El primero es un jardín botánico bonito pero no tan espectacular como el de Roma por ejemplo, y el segundo es muy grande, con zonas muy diferenciadas, subidas, bajadas, vistas al río preciosas, su laguito, etc. Que hacen que la mañana se pase volando.

A la hora de comer toca darnos un capricho. Pulpo a la brasa y unos vinitos buenos de por allí, verde y tinto. Otra cosa no será, pero las comidas que hemos hecho son abundantes y nos cargan las pilas para el día entero. Que bien hemos comido.

Así, con el estomago lleno era hora de continuar las visitas temáticas, esta vez de iglesias. Empezamos con la catedral, la santa Sé, una iglesia bonita cuyo mayor atractivo es el claustro. De ahí a un par de iglesias más, Dos Grillos, que no es especialmente espectacular pero que es más que interesante, y la mejor de todas, la de San Francisco, una exageración de lujo que te deja sin palabras. La magnitud y la decoración de las mismas, la ostentación llevada al limite, que no es fácil de olvidar.

Aprovechamos también para coger el barco por el Duero y disfrutar de casi una hora de navegación por el mismo, pasando por los seis puentes de la ciudad y gozando del río, de las vistas y de la tranquilidad que te proporciona un viaje así.

Media tarde y cerca de la hora de cenar portuguesa tocaba ir al hotel, darse una duchita, ponerse guapos y salir por la Ribiera a tomar algo para cenar y disfrutar de la noche en aquella zona.

El día tres era el día de la playa. Pero antes de eso tocaba visita en otro parque, Serralves, un parque monumental muy bonito con animales, lago, jardines de todo tipo donde pasear durante mucho tiempo. De ahí el mismo bus nos llevaba hasta la playa de Matosinhos.

La playa no está gestionada como lo estaría en España. Es rara. No hay cosas que aquí entendemos como básicas como duchas, comercios frente al mar, etc, pero fue un día interesante también, aunque quizá no fuese tan bueno como esperábamos. El castillo del queso que está al lado fue la gran decepción al no poder entrar y ver nada del mismo más que el exterior. El agua del océano estaba fría a más no poder. Meterse era solo para valientes, aunque una vez dentro me costó salir del mismo.

La comida, todos los restaurantes juntos y en todos con las brasas en la calle, sirven sobretodo sardinas, aunque volvimos a repetir pulpo y una delicia de bolacha que no era exactamente lo que esperábamos.
Tras un día de sol y playa tocaba volver al centro, dar una vuelta por la ciudad, tomar algo, andar por la calle más comercial, aunque ya fuera de horario de apertura, y disfrutar de teatro callejero.

El último día todavía dio tiempo a disfrutar de una visita a las bodegas con degustación y dar una vuelta por la ciudad de nuevo. Tras un viaje tan intenso y con tantas cosas vistas la sensación que queda es de gran satisfacción.

Porto es una ciudad muy interesante, con muchas cosas para ver y gente muy amable. Esa es una de las cosas que me llevo. La gente es super amable, ayudándonos sin pedirles ayuda al vernos mirar un mapa o en la parada del autobús, etc.

Un gran viaje que he disfrutado totalmente, no solo por lo que supone viajar, por la ciudad en sí y todo lo que he visto y vivido, sino además, por hacerlo junto a la única persona con la que querría compartir una experiencia así.
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